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Como me venía internet

Bicicleta perdida 6: Tres armenios

Publicado por camish en marzo 15, 2011

Los dos policías salieron del local. Pese a salir rebosante de felicidad por haber encontrado el lugar donde hacían los mejores churros que había probado en su vida, a los pocos pasos una de las farolas llamó su atención y las pararse a leerla  un segundo, con un arrebato de furia la arrancó de su sitio y se la tendió a un sorprendido Chenel.

-¿Se puede saber a qué coño están jugando?

“Señores Policías, ¿dónde está la bicicleta de Raúl? No lo olvidamos” rezaba en mayúsculas y en negrita. Le seguía una pequeña descripción de la víctima, que pedía el apoyo de la comunidad ciclista de Santiago, tanto por ser conocido de todos, como por compartir el dolor, acaso el que más, de la oleada de robos que se estaba sufriendo en la ciudad. Acompañado todo por una foto de Raúl con su bici, dejaba un teléfono de contacto con la consigna de unirse para futuras acciones de protesta.

-Creo que es el número de Caamaño.

-¿Es que se ha convertido en el paladín de la causa? Dígale a su amigo que no me toque las narices. Y ahora vamos, que no quiero perder más tiempo…

Tras internarse en la zona vieja Pardo le explicó a su ayudante que se disponían a visitar a la persona que mueve los hilos de la información en Santiago, pero que desafortunadamente no estaba en nómina de ningún cuerpo de seguridad, por lo que “el flujo de información” como él lo llamaba corría a su antojo; y no es que Pardo le cayera demasiado bien, por lo que le recomendaba estar callado para no comprometer aún más las cosas.

-¿Trabaja en la Universidad?

Estaban delante de la Facultad de Historia, en medio del ir y venir constante de estudiantes.

-Supongo que un  profesor universitario siempre estará rodeado de papeles y con tanto chaval pasará desapercibido. Reconozco que para eso es astuto.

Las madera del suelo del Departamento de Contemporánea crujía bajo los pies de los policías hasta que se pararon delante de una de las puertas cerradas y aparentemente sin vida interior. Con un par de golpes como preámbulo, Pardo abrió la puerta que dio paso a un austero despacho lleno de documentos por todas partes y a un hombre en camisa remangada por los codos que ahora miraba sorprendido a los visitantes.

-Hombre, Pardo, qué agradable sorpresa…

-Buenos días, Profesor, confiaba en poder robarle unos minutos de su tiempo.

-Pero para sorpresa la que traes detrás de ti…con ese traje casi no te conocía, Alfonso ¿ya estás destinado aquí?

-¿Se conocen?-Pardo no se esperaba eso.

-El señor Amorín y yo somos viejos conocidos…-a Chenel le agradaba sorprender al inspector.

-Digamos que mi tocayo y yo tenemos amigos comunes.

-Qué pequeño es el mundo.

-Lo que es pequeño es Santiago. Y díganme… ¿a qué se debe esta visita?

-Investigamos el asunto de las bicicletas robadas. Hemos recibido un soplo acerca de que una banda de armenios está operando por aquí. ¿Sabe algo de este asunto?

Amorín abrió un cajón y extrajo un pequeño dossier.

-Aquí están-les tendió tres fotografías-. Excuso decirles que son muy peligrosos y todo eso que me imagino ya sabrán. El líder es éste-señalaba una de las fotos donde se veía a un hombre con una boina militar-,  Iósif Costyan, lo reconocerán por su afición a llevar lo que él denomina “fulares de hombre”. Son su sello distintivo como ex militar. El rubio es Sergei Vilaryan, que pasa por ser el músculo, más si cabe, del grupo. Si me pongo a recitar todas las especialidades de artes marciales que domina les acabaría aburriendo, así que ahorraré el trámite; resumiendo, procuren no encontrárselo en un callejón. Por último está Alek Caamanyan, que se encarga de la planificación de los golpes.

-Tengo entendido que es muy bueno con las cerraduras…

-En efecto, es una de sus cualidades. Les resulta muy útil a los otros dos para realizar golpes limpios.

-Lo que no me cuadra mucho es que tienen un perfil como para tener objetivos mucho más ambiciosos que unas bicicletas-Pardo no lo tenía nada claro-. Lo que me preocupa es que desestabilicen el orden en la ciudad. ¿Tiene idea de por dónde podrían estar?

-Me temo que eso es algo que tendrá que indagar, ya le he ofrecido todo mi humilde saber en este tema…- Pardo se puso en pie dispuesto a marcharse-…sólo tenga en cuenta que se trata de un grupo autónomo, que acepta encargos de otros, quizás si tira del hilo…

-No dude que lo haré. No me gusta tener maleantes en mi ciudad.

Amorín le tendió la mano a Chenel, que también se había levantado.

-Me alegro de volver a verte, estoy seguro que al lado de Pardo aprenderás mucho. Cuando necesites algo ya sabes dónde estoy.

Cuando los dos policías se hubieron marchado, Amorín quedó un rato pensativo y al cabo de un rato, con media sonrisa en la cara, cogió el teléfono y su interlocutor al momento sabía con quién estaba hablando.

-Hola Alex, soy yo. Vas a tener que entrevistar a un amigo…

 

Estaban los tres sentados en una mesa, era lo que les gustaba llamar un consejo de seguridad. Los hermanos Gómez Vázquez y “Peito Lareira”, su lugarteniente, estaban enfrascados en una discusión acerca de si debían fiarse de un chivatazo que les decía que un grupo de armenios campaba a sus anchas por su territorio.

-¿Te fías de la fuente? Porque puedo traer a mi gente de Vigo y solucionamos esto en un momento…

-No es el problema de músculo lo que me preocupa, sino la pasividad policial. La fuente es fiable, y parece ser que todo el mundo sabe que andan detrás de los robos de las bicicletas. Parece como si quisieran una guerra entre nosotros para debilitarnos. No les voy a dar el gusto. Quiero hablar con esa gente, si son los de las bicis, me devolverán la puta bici de mi primo a modo de disculpa y les dejaremos ir en paz, siempre y cuando marchen de la zona.

-¿Y si no aceptan?-Jano no parecía estar muy de acuerdo.

-Si no aceptan tendrán plomo. En todo caso no haremos nada antes de la visita de Bartolucci. No quiero que nuestro socio descubra que tenemos algún que otro problema.

-Desde luego es una pena que ella viera todo este jaleo…-“Peito Lareira” ya había dejado perdida la mirada. A nadie se le escapaba que la debilidad del férreo italiano era la hija de Domenico Bartolucci, el socio que en unos días llegaría a Santiago para hacer una visita de cortesía, que se llamaba Giulia.

-¿Ella?-dijo David con desdén-. A mí el que me importa es el padre. Y espero que estés centrado, Stéfano-era el verdadero nombre de “Peito Lareira”-, no quiero ningún contratiempo mientras dure la visita. Ahora quiero que encuentres a esta gente, dicen que le gustan mucho los mojitos; vete por todos los locales nocturnos y usa tus contactos, toma-le tendió una serie de fotografías- estate seguro de que son ellos antes de hacer nada.

 

Sergei Vilaryan miraba por el balcón del piso franco que tenían en la zona vieja. Estaban montando una fiesta en el piso, invitando a sumarse a todas las chicas guapas que pasaban por allí con el fin de confundirse con unos simples estudiantes Erasmus ruidosos. Costyan estaba haciendo mojitos con la receta armenia mientras Vilaryan y Caamanyan se dedicaban a beber y mirar a las chicas, y de vez en cuando salían a tomar el aire al balcón. De repente una belleza morena pasó por debajo del balcón.

-Si subes y me dejas ver esos ojos de cerca te invito a un mojito armenio.

-¿Y por qué no bajas tú y te lo sirvo yo?, trabajo ahí al lado- la chica le señalaba un local al otro lado de la calle; en el letrero ponía “Meia”.

Vilaryan no se lo pensó mucho y al poco tiempo anunció a sus compañeros que se iba a dar una vuelta para “despejarse”. La fiesta en piso seguía su discurrir normal: mojitos, cuarto de baño, balcón, y no necesariamente en ese orden. Pasaran varias horas desde que Vilaryan marchara y Caamanyan pensaba que debía de ser por una buena causa. Asomado al balcón lo vio salir del pub que tenían enfrente enfrascado en una conversación con una preciosidad que pese a sus propios méritos no consiguió distraer la atención de Caamanyan sobre otra persona en la escena; con la camisa abierta prácticamente hasta los abdominales un individuo alto no le quitaba ojo a su compañero. Sacó su móvil y marcó el número de Vilaryan, confiando en que lo cogiera.

-Dos cosas: una, si te la tiras eres un cabrón; y dos, creo que tienes a un tipo siguiéndote, con la pinta que tiene sólo puede ser italiano. Ya sabes lo que dijo Iósif, estate alerta.

 

Daba vueltas en cama sin poder dormir, al parecer tenía problemas de acidez de estómago. ¿Serían los churros de la mañana? No le parecía probable que algo tan bueno tuviese unas consecuencias tan catastróficas por la noche. Malhumorado, el inspector Pardo se levantó, cansado de contar ovejas y demás tonterías, y probó con el único remedio eficaz que conocía: los documentales nocturnos. Esperaba que hubiera alguno de esos de animales o bichos raros con esa voz monótona que era tan buena para quedarse dormido. El inesperado sonido del teléfono móvil, que al parecer se había olvidado apagar, le cogió tan de sorpresa que casi se cae del sillón. Su ira no hizo más que aumentar cuando en la pequeña pantalla descubrió el nombre de su ayudante.

-Maldita sea Chenel, tiene suerte que estuviese despierto, de lo contrario le aseguro que mañana se iba a acordar de esto…

-Señor, lamento importunarlo, pero le recomiendo que ponga la emisora de radio local, creo que le va a interesar.

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3 comentarios hacia “Bicicleta perdida 6: Tres armenios”

  1. Scipio escribió

    Qué prosa tan sutil, qué pluma tan elegante!

  2. Vilariño escribió

    Es buenísimo xDD

    Las apariciones italianas son impagables…jojojojo “Tu pensas que io sono bella?” xD

  3. Amorín escribió

    El relato está ganado cada vez más complejidad e interés. La lucha de intereses entre las diversas organizaciones sería la envidia de cualquier película de mafia. ¡Este guión hay que llevarlo al cine!

    Por cierto Alex, recuerda que tienes que entrevistar a un amigo XD

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