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Como me venía internet

Bicicleta perdida 5: Café Santiagués

Publicado por camish en febrero 14, 2011

Era una tarde apacible, incluso soleada, de esas que suelen seguir a los días de temporal. Los niños jugaban alegremente a la pelota contra el muro de un convento. Los grupos de estudiantes pasaban en dirección a clase contándose sus batallitas. Un negro tocaba bajo los soportales la guitarra eléctrica. En realidad no era negro “el muy pelotudo se pone una media en la cabeza para parecer negro” pensaba Gerardo. Y siempre la misma música, o por lo menos a él se lo parecía “la maldita música me tiene los huevos chatos”. Estaba nervioso, su jornada laboral había terminado hace diez minutos, pero Alberto no daba señales de vida. “Como no venga lo agarro del pescuezo”, en otro momento no le importaría, puesto que habitualmente trabajaban por horas. El problema era que había cambiado el jefe del local y ahora se trabajaba por turnos, así que si tu relevo no venía, tenías que esperar y cobrando lo mismo; eso enervaba a Gerardo. Decidido, dirigió sus pasos al interior del local, ignorando a una clienta que se acababa de sentar en la terraza, mientras le decía a su compañero:

-Lorenzo, tienes a una en la terraza.

-¿Ahora soy tu chico de los recados? Manda huevos con el Gerard…

-Yo ya no estoy de servicio-le dijo mientras le señalaba el reloj-. Además tengo que hacer una llamada.

El teléfono del local estaba detrás de la barra, tras coger unas monedas del bote, puesto que no pensaba gastar de su dinero para recordarle a un compañero su obligación, marcó el número de Alberto.

-¡Alberto! Donde mierda estás, que tenemos un quilombo de mil pares de pelotas. ¡Date prisa!

El muchacho estaba de camino, o eso era lo que él decía. No se fiaba ni un pelo porque en el Café Santiagués el más tonto hacía aviones y las ganas de trabajar no abundaban precisamente.

-Vaya cara que tienes…-Cristian, su otro compañero, que estaba en la barra estaba indignado con la actitud de Gerardo.

-Si no le digo así el chico no se da prisa.

 

Tras una mañana infructuosa José Miguel Pardo estaba tomando algo en la terraza del Café Santiagués, presunto lugar de encuentro de Raúl Vázquez y sus amigos. Quería ver un poco a la gente antes de hacer alguna indagación mientras asistía entre estupefacto y divertido  a la escena que se estaba produciendo en la mesa de su lado. Una turista, posiblemente alemana intentaba pedir un batido de chocolate en un castellano un tanto defectuoso, ante la indiferencia del camarero.

-Batido chocolate-decía la chica mientras señalaba la foto del batido en la carta.

-Cacaolat-decía un impávido camarero.

La chica que a pesar de ser extranjera no era tonta sospechaba que algo raro había en la actitud del camarero, por eso insistía.

-Batido chocolate.

-Cacaolat, también chocolate- la sangre fría del irreverente camarero provocaba en el inspector vergüenza ajena. Se dio cuenta de que en realidad lo que no quería el muy desgraciado era ponerse a hacer un batido, incluso teniendo en cuenta que ni siquiera tendría que hacerlo puesto que sería trabajo del camarero de barra. Con una rápida mirada escrutó el interior y lo que vio lo dejó estupefacto: el de la barra miraba la escena con el cuerpo inclinado hacia delante y ambos codos sobre la barra; el otro camarero, que ya ni salía a la terraza, estaba con la cadera apoyada en la barra el codo derecho apoyado en la misma y el brazo izquierdo en jarra. Ambos parecían sonreír. Era claro que ahí había un complot para trabajar lo mínimo, hoy por mí, mañana por ti. El inspector era un hombre de ley y esas actitudes le enajenaban; decidido retiró la silla con cierta violencia dispuesto primero a aclarar las cosas con la turista y exigir una actitud decorosa al camarero y luego dentro a pedir una hoja de reclamaciones. Pero al ver bajar por las escalinata de la plaza a Alberto Vázquez recordó de repente porqué estaba allí, no podía enemistarse con esa gente puesto que le podían ser de ayuda en la investigación. A regañadientes, se obligó a mantener la calma y pasar por alto todo.

Para su satisfacción, Alberto no se había percatado de su presencia en la terraza y enseguida se puso a discutir con el otro camarero, el haragán del interior, si había o no tanta gente como para que le metiera prisa por unos minutos que llegaba retrasado. Cuando el recién llegado se fue al reservado a cambiarse, Pardo aprovechó para situarse en una mesa discreta en el interior en previsión de que pudiera llegar algún conocido y comentara algo con el hermano de la víctima. Le gustaría oír algo de sinceridad, pero para su desilusión el local era tan pequeño como parecía por fuera y con una barra en forma de U por cuyos límites discurrían las mesas. Ahí sería imposible pasar desapercibido, prácticamente todo el local se controlaba en apenas un vistazo.

-Hombre, inspector, ¿qué le trae por aquí?-Alberto ya lo había reconocido.

-Tenía curiosidad por saber dónde trabajaba.

-Si está de servicio, ¿dónde se ha dejado a Chenel?-decía con una sonrisa.

-En realidad me he tomado la tarde de reflexión, y le he dado permiso, y pensaba tal vez charlar con alguno de sus amigos. La verdad es que no estamos avanzando- no le gustaba dar sentencias delante de desconocidos, pero cuando uno hablaba con Alberto le daban ganas de sincerarse. Eso y que la investigación en si le parecía una completa pérdida de tiempo.

-¿No hay noticias acerca del robo?

-Entre nosotros, la investigación no creo que lleve a ningún puerto. Pudo ser cualquiera.

-Una vez intentaron entrar en mi casa…-de repente uno de los clientes, al otro lado de la barra, se puso a hablar-…eran cinco, de esos bien entrenados, paramilitares que sabían lo que hacían. Los inmovilicé a todos y para que aprendieran la lección, delante de sus compañeros le metí al cabecilla  diecisiete patadas en la cabeza, ni una más ni una menos. No se volvió a acercar nadie.

-Venga Jesús, ¿tú y cuántos más?-Alberto se tomaba a guasa las declaraciones del cliente pero a juicio de Pardo había algo inquietante en la mirada de ese hombre, podría ser su cara afilada con mejillas chupadas y barba espesa; sus ojos rezumaban locura.

-¿Cómo?¿Cómo?-le decía mientras lo miraba fijamente y cada vez abría más los ojos-. Ganaba millones, porque yo ganaba millones. Por eso venían a por mí.

-Llega a mi casa algún maleante de esos y lo mato-el camarero del cacaolat, que había ganado el pulso, dejó la terraza y se unía a la conversación. Ya no sería el primero.

-¿También mataste a paramilitares?-la risa ya asomaba abiertamente en Alberto que estaba disfrutando verdaderamente la charla.

-A paramilitares no, a un hombre.-la diferencia que notó Pardo de inmediato era que a diferencia del cliente, que era el típico que ante un órdago suelta siempre otro más grande, el camarero había soltado la frase como quien dice que le gusta el parchís, con total naturalidad. Una naturalidad siniestra.

-Y os voy a decir otra cosa-al camarero ya no había quién lo parara-,yo sí que traté con paramilitares. Y aunque nadie del ayuntamiento os lo diga, están en Santiago. No me extrañaría que tuvieran algo que ver con el robo del que hablan, ¿no hay una oleada de robos de bicicletas? Investigue, inspector.

-¿Y cómo sabe usted que operan aquí?

-Porque los he visto.

-¿Los conoces?-volvía arremeter Alberto el guasón.

-Como para no conocerlos. Estuve en una cárcel en Siberia con ellos.

-Lorenzo, no me jodas-Alberto ya no estaba para más fantasmadas.

-Vale, como quieras. Lo que te digo es que maté a un hombre y por ello cumplí mi condena en una cárcel siberiana donde estuve con esta gente. Piensa lo que quieras. Y por si quiere investigar el policía-hizo un gesto con la cabeza hacia Pardo- son armenios; sus nombres son Costyan, Vilaryan y Caamanyan. Y están aquí. Yo los vi-con la misma naturalidad con la que se había metido en la conversación se fue hacia la terraza, frío como el hielo siberiano.

La cabeza no paraba de darle vueltas al inspector, su instinto y el lenguaje corporal, aprendido de años de interrogatorios, le decían que ese hombre era perfectamente capaz de hacer todo lo que había dicho. Sus compañeros no parecían tomarle en serio, pero se le antojaba que en esa cafetería estaba lo mejor de cada casa. Tampoco podía dejar de observar al hombre que estaba allí fuera, tranquilamente apoyado contra una columna viendo a los turistas pasear. Parecía tener una información que cuanto menos valía la pena contrastar, aunque para ello tuviera que pasar un mal rato. Decidió que intentaría sacar algo más de ese tal Lorenzo, para ver hasta qué punto podría ser fiable.

-Parece que al final le gusta el Cacaolat- el inspector se puso al lado de Lorenzo   y como él miraba hacia la chica de la terraza.

-No me diga que viene a hablar de batidos…

-Lo que quiero saber es algo más de esos armenios.

-Qué quiere que le diga, ¿qué son peligrosos?  Dos de ellos son máquinas de matar, el otro se dedica al tema de las cerraduras y esas cosas.

-¿Revientan cerraduras como los rumanos?

-Hombre, los rumanos más bien revientan las paredes, pero bueno. No, a ellos no les hace falta, simplemente las abren. Tienen a un teórico de las cerraduras, las conoce todas con sus mecanismos y puntos débiles.

-Debería hablarme algo más de esta gente así como de su estancia en Siberia…

-No lo creo. Recordar mi época allí hace que sienta como si mis perores instintos volvieran. Otra vez. Eran tiempos duros, aquello era como un maldito Gulag, y ahora soy un hombre nuevo. Además, esos hombres tienen suficiente currículum como para que no le resulte fácil pasar desapercibidos.

Al cabo de un rato, Pardo llamó a su ayudante para citarlo a las siete en punto de la mañana. No le gustaba mucho lo que iba a hacer pero comprendió que sin duda necesitaría la ayuda del hombre al que visitarían al día siguiente.

-No tengo ningún problema-decía Chenel-. Pero podríamos desayunar algo antes, así me pone al corriente de sus últimas averiguaciones. Conozco un sitio fantástico, no se arrepentirá. Ponen los mejores churros del mundo.

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5 comentarios hacia “Bicicleta perdida 5: Café Santiagués”

  1. Amorín escribió

    Mi madre! Esos armenios tienen casi tanto peligro como Lorenzo. Y ese experto en cerrojos… mmmm… una técnica sin duda muy útil para robar bicicletas. ¿Será una treta del autor para distraer la atención del verdadero ladrón? XD

  2. karakas escribió

    se viene la churreria!! caamaño te aconsejo que te pases mas por ahi, que con los personajes que se ven en ese local tienes para un monton de capitulos

  3. Vilariño escribió

    Qué puto genio, Camish!!! xDD

    Qué maneira de “inspirarse” en feitos reales. Eses 3 armenios poden encher ó inspector Pardo de “Aceiro Inolvidable” xDD

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