La historia comienza en un avión de hélice, medio en el que llegué a Tenerife la tarde de un miércoles, sin apenas dormir después de hacer servicio de noche. Lo habitual, alquilamos un coche y “S” cogió el volante desde el principio, algo que en principio me agradaba porque no me apetecía ponerme a conducir con tan poca experiencia en un sitio totalmente desconocido. Hicimos el trayecto al sur y estuvimos escuchando dos discos de distinta índole en el coche, a la noche dimos una vuelta aunque no había mucha tía. Todo bien.
Al día siguiente nos levantamos a las 10 y fuimos a ver los acantilados de los gigantes al noroeste de la isla y un árbol milenario que hay por allí cerca. Todo bien.
El viernes 21 empieza “el día”. Nos levantamos a las 10 otra vez y vamos a ver la capital isleña, Santa Cruz. Mucho chicharrero caliente por el derbi que todavía era al día siguiente. A la tarde vamos recoger a “D” al aeropuerto y tomamos una gran decisión: ese mismo día saldríamos por la Laguna. Esa tarde vimos puerto de la Cruz y en el coche la música tecno-house-dance-vetetuasaber se hizo con el control absoluto, ya rallaba un poquito.
A la noche llegamos a la Laguna y salimos. Nada destacable, mucha niñata cachonda con la única intención de calentar y cubatas aguados, lo habitual vamos. Una de las niñatas en cuestión estuvo calentando a “S”, el pardillo ya pensaba que mojaría, pero yo ya sabía por donde iban los tiros y me descojoné viendo la cara de “S” a medida que se daba cuenta de la cruda realidad (gracias señor por esos momentos), me recordaba a mi con 18 años.
Con S un poco crecidito ya y bien horneado acabamos yéndonos a una disco tecno-dance a las 2 y poco de la madrugada, algo que ya me tocaba más las pelotitas. Como era de esperar el sitio daba asco y estaba plagado de nabos con las mismas intenciones que nosotros, patético. A las cinco por fin fuimos para el coche, pero claro, todos habíamos bebido al final y por temor a esos señores de verde, no los duendecitos precisamente, nos quedamos a sobar 3 en un coche. Ya os imaginareis lo que pudimos descansar. A las 8 de la mañana nos despertó un profesional del aparcamiento que nos rogó que nos fuéramos porque aquello era el aparcamiento de un ambulatorio. Cuando torcí la cabeza y lo vi me dio la risa, pensando que era un segurata y solo era un indigente que te enseñaba donde aparcar para tener con que meterse, que cojones el puto yonki, y no me vengáis con argumentos sociatas que nosotros no fuimos a molestarlo a él. En definitiva, volvimos a Santa Cruz para recoger el permiso de subida a la cumbre del Teide y de paso desayunar y comprar algo de abrigo para no morirnos de frío allá arriba. Partimos para allá sorteando una niebla que te cagas. Cuando llegamos al teleférico me acordé de las famosas taquicardias resacosas de las que habla camish, y al subirnos a la altura de los 3000 metros la cosa empeoraba. Dejamos el teleférico, no había problema, sólo eran unos cientos de metros y meta. Poca astucia la mía, unos cientos de metros de altitud, pero el mundo tiene tres dimensiones, de las cuales es mejor ver dos los días resacosos. Pues ala, media hora de interminable subida dejando pulmones, hígado y riñones y llegamos. Muy bonita la estampa, pero olía un poco a azufre (pensé que había estado el diablo de David allí) y prefería la experiencia sin resaca y con tía. Bajamos de nuevo y de vuelta en el coche seguía el puto tecno-house, que a esas alturas ya era del todo odioso. Mientras S y D comentaban la perfección musical del disco en cuestión, por cierto el de Gran Hermano (no hace falta profundizar).
Llegamos al sur. Sólo quería dormir, pero en vez de eso… A ver el derbi canario, la cosa más insustancial que he visto. Por Dios, sólo quería cama, me daba igual la falta de compañía.






