Capítulo 4: Flashbacks de la noche (Las aventuras de Vladimir)
Publicado por camish en Julio 22, 2008

Como si de una película del oeste se tratara, Fernando, Antón y Fermín caminaban por el medio de la carretera mirando continuamente a ambos lados de la misma, atentos a bares, portales o chicas, cualquier cosa ayuda. Los primeros intentos fueron infructuosos, nadie había visto nada raro, al parecer estuvieron todos juntos. A Fernando el asunto no le cuadraba, sabía(le sonaba) que había estado un buen rato sólo con Genaro, pero todo era oscuridad. Al quinto garito en el que preguntaron la dinámica empezó a cambiar: a la camarera sólo le sonaba Fernando del grupo porque había montado un espectáculo de break dance con otro tipo y seguro que no eran ni Fermín ni Antón. Ya tenían algo para empezar, parece que a partir de aquí se dividieron. Como todo era paseo y casi no había locales más allá de la primera línea de playa la cosa estaba clara: seguir de frente, porque, fundamentalmente, el espíritu conquistador de los jóvenes les impedía volver a los sitios que ya habían visitado.
Al cabo un rato de investigación quedaron totalmente bloqueados, no había rastro suyo por ningún lado. Víctima de la desesperación y la culpa por haberlo “perdido” ,Fernando corrió hasta la playa y se puso a vocear: ¡¡Donde estás, Genaro!!.
Mirando al frente había un figura que le sonaba de algo, un hombre con una pala cavando en la arena…muy raro para ser de noche, se acercó para preguntar y de repente lo tuvo claro.
Anoche había estado hablando con él, y no era una pala lo que tenía sino un detector de metales, todas las noches pasa por la playa recogiendo monedas u otros objetos metálicos extraviados por los turistas, como gafas de sol.
-Yo a ti te conozco- le increpó el gallego zarandeándolo con actitud amenazante.
-Te he visto anoche.
-¿Con quién más iba?
-Otro gallego, además del sacerdote.
-¿Cómo? Qué dices de un sacerdote.
-Si, si. Ibas con un tipo con una sotana blanca como si fuera un monaguillo, pero era mayor, por lo que debía de ser un sacerdote.
-¿Dónde puede estar ese sacerdote ahora?
-Y a mi que me cuentas, no es asunto mío- el del detector se abrió paso para marcharse, dando por finalizada la conversación.
-Y ahora como diablos hacemos para encontrar a ese cura- preguntó Fernando a sus compañeros- el muy capullo podría estar en cualquier parte.
-Pues a mí sólo se me ocurre un sitio- una media sonrisa se esbozaba en la cara de Antón.
Cuando los otros dos siguieron la dirección de su mirada compartieron su optimismo. A unos quinientos unas luces de neón azules les mostraban su destino “Mega Park”, o lo que es lo mismo, la catedral.
El profundo conocimiento de la psique humana, con el que jugaba a diario en su trabajo, le decía a Vladimir que “Mogambo” le estaba mintiendo. En cuanto le comentó lo del Sr. Park y la desaparición de la chica, se puso a la defensiva con frases como “es mejor que dejes las cosas como están” o “de verdad, no te puedo ayudar”. Por eso había decidido seguir la investigación para hacer tiempo y cuando terminara la jornada laboral del portero seguirlo, por si hacía algún movimiento sospechoso. Al ir preguntando por ahí le extrañó el detalle de que parecía como si le siguiese la pista a unos españoles que andaban preguntando por un compañero suyo. Dos desapariciones el mismo día, demasiado extraño.
Las camareras no paraban de decirle lo mismo continuamente:
-Hoy parece que todo el mundo está buscando algo. No me extraña, y es que ayer se ha montado una buena. Se dice por ahí que dos individuos, uno español y el otro un inglés, estuvieron dando un espectáculo de los que no se recuerdan: se llevaron a una multitud enfervorizada a la playa…
-¿Y dónde dices que ha sido eso?-el ruso estaba cada vez se mostraba más interesado.
-Si el jefe se entera de que ando haciendo publicidad a otro local me despide, pero por ser tú…en el Mega Park. Lo más curioso es que como hace una hora pasaron por aquí unos tíos gallegos preguntando por un amigo del que no saben nada desde ayer…
“Otra vez…”- pensó Vladimir.
-Pero eso no es lo mejor, resulta que de los dos que montaron la fiesta en el Mega Park, el español resulta que es gallego, me lo dijo una camarera de allí. Seguro que es él al que buscan. Aún debe estar tirado en algún portal.
Ante esta afirmación Vladimir puso su mejor sonrisa, como si el comentario fuese muy gracioso, y afirmó rotundo:
-Entonces va haber que ir al Mega Park, a ver cómo es eso.
Pese a no tener las dotes detectivescas de Sherlok Holmes, ni de Hércules Poirot, al ruso todo eso le resultaba cuando menos digno de una ligera pesquisa. Ya habría tiempo de vigilar a “Mogambo” otro día.
La verdad es que siempre que pasaba por delante del Mega Park quedaba impresionado por lo imponente que era, con esa fachada de cartón piedra haciendo de catedral. Una vez traspasado el pórtico, está una gran terraza con mesas de madera, muy del gusto alemán por su parecido con las tradicionales cervecerías, aunque por dentro era como cualquier otra discoteca. Barras, tarima en el medio y un segundo piso con otra barra y sillones y vistas al piso inferior. No parecía que fuese a pasar algo especial, ni tampoco había a simple vista ningún español por la zona.
Estaba por irse cuando un grito general inundó la estancia “Justin” Todas las cabezas se volvieron en dirección a la entrada. Un hombre menudo de pelo rubio y con una sotana blanca levantaba los brazos en señal de agradecimiento. La música se detuvo. La gente se hacía a un lado para dejar pasar al “sacerdote” en su camino hasta la tarima central.
-¿Y este quién és?- preguntó Vladimir a un camarero.
-¿Pero es que no lo conoces?- el camarero era la viva imagen de la incredulidad.
-De lo contrario, no te preguntaría.
-Es el hermano Justin.